Mujer Maravilla y Themyscira
1 La primera parada del viaje.
Los cuentos y tapices griegos mencionan a los grandes héroes y las inexplicables travesías de lo común, irreales y maravillosas en su belleza o en su terror. Dioses y hombres que viven, sufren y sonríen en la misma tierra, al mismo tiempo… ¿las leyendas de las Amazonas pertenecen a esta categoría? No alcanzaban la divinidad por su humanidad, ni eran lo suficientemente humanas como para caminar en igualdad entre los Homo sapiens, como se las llamaría en la ciencia.
DIANA
Podía creer en la surrealidad del mundo de los hombres, que traía cosas buenas, le daba esperanza y le ofrecía felicidad, aunque fuera por un día; pero también estaban las malas, aquellas que le recordaban su promesa a su madre y su deseo de hacer aparecer sonrisas y disipar las tristezas.
Quienes no podían defenderse por sí mismos, la tendrían a ella, y en su deber cumpliría con su confianza con la gentileza y la fuerza de una princesa de Themyscira. A su madre le gustaba leer historias, desde Perseo hasta Atalanta, sobre la magia de los dioses y sus maldiciones, sobre hombres pobres y nobles… A veces, en las noches más tranquilas, Hipólita la tomaba en sus brazos y narraba suavemente las leyendas de las Amazonas, de su propio pueblo, de sus hermanas y princesas que merecían que sus memororias fueran contadas.
Durante el sueño solitario en un lugar desconocido, pensó que Diana del mundo de los hombres existía gracias a esos pequeños momentos. Pensó en su madre y en lo que estaría haciendo en casa. “Casa”… extrañaba a las amigas que le enseñaron a montar y a luchar con la espada, que curaban sus heridas y cosían ropas ligeras a su gusto. Extrañaba tanto su hogar, pero había tanto por aprender y por ver, y no podía imaginarse regresando derrotada; su sueño estaba anclado allí, y allí se quedaría.
Recordó de pronto un fragmento de uno de los cuentos, que parecía una coincidencia casi irónica: mi hogar es mi Sol, cálido y constante en mi vida; mi sueño es la Tierra que siempre se mueve.
Cuando el sueño la alcanza, sueña con los recuerdos tranquilos del mar de su isla, y con su madre y sus hermanas a su lado.
El amanecer llega con nubes cubriendo el cielo gris, un aviso de lluvias que comienzan con una ligera llovizna. Su plan era atravesar los principales países y llegar al punto central del continente, teniendo a Bulgaria como su primera parada.
Tras horas de viaje, al atardecer, Diana es recibida por un pequeño pueblo de casas pintadas de un suave azul.
Le resulta difícil recordar el idioma, pero al parecer aún conserva cierto significado en sus palabras, ya que una de las mujeres entiende su torpe “hola”.
—¿Viajera? ¿En este clima? ¡Querida, morirás de frío bajo la lluvia! —dice la mujer con preocupación, con una voz firme y cariñosa a la vez—. Por favor, ven, ven. Pareces fuerte, puedes ayudarnos a cargar la ropa lavada… ¡a cambio recibirás refugio y comida!
De ese modo tan confuso, Diana termina cargando casi todas las cestas de ropa del grupo de tres mujeres, mientras se presentan —Elena, María y Adriana— y comentan lo raro que era que viajeros llegaran al pueblo, debido a la dificultad de cruzar las grandes montañas de los Balcanes.
—¿De verdad? Oh, eso es intrigante. Después de todo, en todas partes hay vida.
—¿Una forma poética de decir que somos tercas como cabras…? —Las otras ríen ante la confusión de María, y Diana no puede evitar reír con ellas.
Es un paseo agradable, no muy difícil para alguien que ha entrenado su cuerpo desde joven. Caminan entre las piedras evitando que la ropa caiga al suelo. Las otras conocen bien el terreno y evitan los caminos complicados, moviéndose con la cautela de la experiencia.
—¡Bien, aquí estamos! ¡Nuestro respetable pueblo!
Y realmente lo era: la entrada con un cartel pintado a color, las casas de paredes azul suave y techos de madera oscura alineadas en una vista hermosa, y la hierba verde de los pastos creando un paisaje digno de una pintura.
—¡Guau, eres grande! ¡Genial! —se escucha de repente una voz infantil.
Al girarse, ve a una pequeña niña con una enorme sonrisa, casi saltando de emoción.
—¡Nuestro primer visitante diferente, qué emocionante! ¡Mira, mamá! ¿Comes muchos vegetales para crecer tanto así?
Abrumada por la interminable cadena de preguntas, Diana pide ayuda, siendo finalmente liberada por quien parecía ser la madre de la niña.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! No puedo creer que Ana sea tan propensa a atrapar a alguien en sus largas conversaciones…
—No hay problema. Soy Diana de Themyscira, es un placer conocerte a ti y a Ana.
—Ah, sí… yo soy Angelina.
—Lo entiendo. Nunca había conocido a un niño de cerca; no sabía que tenían tanta… energía.
—¿Energía? ¡Ana heredó el carácter de su padre y no se queda quieta! Me alegra que no te moleste, porque seguro te llenará de preguntas.
Diana sonríe y asiente.
—Claro.
Los días pasan rápidamente durante su estancia en el pueblo. Conoce al padre de Ana y a sus cabras, ruidosas como la propia niña, y a muchos otros habitantes dispuestos a ayudarla con comida. Cuando puede, ayuda con el pastoreo y a cargar cosas demasiado pesadas para una persona común. Ana la sigue como una sombra, llamándola constantemente “mujer fuerte”.
Con el tiempo, aprende muchas palabras nuevas: cabra, mujer fuerte, madre, padre, “genial”… todo gracias a la familia de Angelina y su carácter extrovertido.
Aprende tantas cosas que apenas puede enumerarlas, y comprende que incluso en los lugares más difíciles puede surgir una vida feliz.
Y entiende que esas son las personas que desea proteger, por quienes alzaría su espada; quiere verlas sonreír más y confiar en un mañana mejor. Su sueño no es solo suyo: pertenece a todos los que la ayudaron y la ayudan a alcanzarlo, desde las pequeñas normalidades hasta las grandes batallas de los héroes.
Finalmente, comprende con nuevos ojos aquel fragmento que tanto repetía: su Sol siempre sería el mismo, pero podía crecer, y sus sueños no estaban lejos, sino unidos a lo que la hacía ser… ella misma.
Ella era Diana de Themyscira y Diana del mundo de los hombres: no dos personas distintas, sino una sola con diferentes perspectivas.
Al escribir la carta a su madre, menciona todo esto: el pequeño pueblo, sus amables habitantes, los niños que corren sin preocupaciones, y cómo imagina ser la princesa que desea ser y la heroína de los cuentos griegos que llegará a ser.
Con amor, espera que su madre sonría al leer la carta que envía antes de continuar su viaje.
Al final, era ambas cosas: diosa y humana, porque necesitaba comprender a ambas. Nacida del barro por la bendición de las diosas, tenía una misión que cumpliría.
Y al final de la carta, escribió lo que más amaba:
Cum amore, Diana. Pro matre mea et sororibus.
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