Los Colores del Sentir

1 Lo color del desconocido


Siempre supe lo que los demás sentían. Desde mi primer llanto en la cuna real, mi madre me contó que la niñera rompió en llanto al ver mis ojos dorarse como el oro de la euforia. Crecí en el corazón de un castillo donde las emociones ajenas bailaban bajo mi control como hojas al viento. ¿Tristeza? Podía suavizarla. ¿Ira? La disolvía con un toque. ¿Amor? Ah, el verdadero amor... ese solo lo observaba, pues era inmune a mi don.

Yo era la princesa Amelia de Lumina, conocida por calmar batallas antes de que empezaran, por hacer sonreír a ministros en medio de discusiones diplomáticas. Adorada. Temida. Sola.

Cada sentimiento tenía un color. Rojo era ira, azul tristeza o soledad, amarillo alegría, verde envidia, violeta melancolía, rosa amor, gris aburrimiento o indiferencia, negro miedo o dolor, blanco paz o pureza, naranja impulsividad, marrón nostalgia y turquesa esperanza. Y luego estaban los colores que no lograba descifrar... ¿qué significaban el magenta? ¿el cian? ¿el rosa fosforescente?

Pero nada me preparó para el día en que conocí a Milla.

Era una fresca mañana de primavera; el rocío aún descansaba sobre los pétalos como pequeños secretos. Salí del castillo a escondidas, ansiando silencio, lejos de las emociones de los demás. Y fue en el claro, cerca de la antigua fuente, donde la vi.

Una niña pequeña, con el cabello desordenado, ojos demasiado grandes para su rostro. Pero lo que realmente me impactó fue el torbellino que llevaba dentro. Miedo. Esperanza. Alegría. Tristeza. Confusión. Tanta confusión. Mis brazos comenzaron a hormiguear. Cuando miré, estaban cambiando de color. Azul, púrpura, amarillo, rosa fosforescente. Una explosión viva.

—Hola... —dijo ella con naturalidad, como si no acabara de poner mi mundo de cabeza.

—¿Quién eres tú? —susurré, sin aliento, mientras mis brazos palpitaban en tonos que jamás había sentido.

Ella sonrió con sinceridad y soltó una carcajada:

—Soy Milla. ¡Y te ves hermosa como un arcoíris!

Yo no. Por primera vez en la vida, no sabía lo que sentía. Estaba confundida y asustada, pues eran demasiadas emociones al mismo tiempo.

La confusión no era mía, pero vivía dentro de mí. Cuando tomé su mano, mi cuerpo brilló en un azul verdoso con chispas doradas. Era como si el cielo hubiese chocado con el mar y, juntos, encontraran una estrella.

—¿Cómo te llamas? —pregunté, tratando de esconder el caos interior.

Ella dudó.

—Me llaman Milla... a veces, complicada.

El color cambió. Un naranja apagado con manchas grises. ¿Ansiedad con vergüenza? ¿Duda con esperanza? No tenía nombre para eso.

Respiré hondo y sonreí como una princesa bien educada:

—Milla es un nombre hermoso. Y me gustan las cosas complicadas. Siempre esconden secretos increíbles.

Ella me miró con desconfianza, pero había una chispa en sus ojos. El color se suavizó: lavanda con un brillo dorado. Curiosidad. Tal vez afecto.

Desde ese día, Milla comenzó a seguirme. A todas partes. Con sus risas inesperadas, lágrimas repentinas, preguntas absurdas. Y conmigo... los colores danzaban. Aprendí a nombrar tonos que ni siquiera existían para acompañar el huracán emocional que era amar a alguien como ella.

Descubrí que controlar quizás nunca fue mi verdadero don. Tal vez... estaba hecha para sentir.

Las semanas pasaron como hojas arrastradas por el viento. Milla se convirtió en parte de mí. En el castillo, era la pequeña confusión que lo desafiaba todo: hacía demasiadas preguntas al consejero real, alimentaba a los cuervos con migas del banquete, invadía el salón del trono solo para abrazarme. ¿Y yo? Me convertía en un vitral vivo. Rosa de ternura. Naranja de euforia. Azul de duda. Gris de añoranza.

Lady Alvina, mi tutora, advertía:

—Control, princesa. Las emociones son espejos del corazón de los demás, no del tuyo.

Pero yo ya sabía que el espejo estaba roto. O, tal vez, finalmente reflejando la verdad.

Entonces llegó el Festival de las Luces.

Y Milla... desapareció.

La búsqueda fue inmediata. Pero con su ausencia, mi mundo se volvió pálido. Las emociones volvieron a ser predecibles, como antes de Milla. El castillo, silencioso. El jardín, marchito. Yo, vacía.

Subí a la torre más alta del castillo, donde el viento solía cortar mi piel. Allí me encontró Lady Alvina.

—Sabes dónde está, ¿verdad?

Ella asintió lentamente.

—Milla es más de lo que parece. No solo refleja tus emociones. Es la clave de tu transformación. Si no la encuentras, si no comprendes lo que es para ti, perderás tus colores para siempre. Te quedarás en blanco.

En blanco.

Esas palabras quedaron atrapadas en mi mente.

Volví al claro donde todo empezó. Entre flores pisoteadas, encontré un trozo del vestido floreado de Milla. Y con él, esperanza.

Seguí el rastro hasta el bosque del norte. Entre árboles silenciosos, descubrí un nuevo claro, iluminado por una luz azulada. Y allí estaba ella.

Pero no estaba sola.

A su lado flotaba una criatura hecha de sombras y estrellas. Un ser etéreo que parecía contener el universo y el vacío al mismo tiempo.

—¡Milla! —grité.

Ella me miró con una sonrisa triste.

—Sabía que vendrías. Pero… yo soy la confusión, Amelia. No para ser controlada. Para ser vivida.

—¿Y esa criatura? —pregunté.

—Es parte de mí. Parte de ti. Es todo lo que no entendemos. Y ahora, debes decidir: ¿vas a controlar esto? ¿O vas a vivirlo?

Guardé silencio. El miedo, el dolor, el vacío… todo estaba allí. Pero entonces lo comprendí: ya no quería controlar.

Quería vivir.

Quería sentir.

Los colores regresaron.

No solo en mí, sino en Milla. Y en la criatura.

Las emociones danzaban entre nosotras como luces de aurora. El vitral estaba completo. Por primera vez, no brillaba sola. Brillábamos juntas.

Desde aquel día, entendí: algunas personas no entran en nuestra vida para ser descifradas, sino para enseñarnos a ser más verdaderos.

Milla fue mi confusión. Y mi luz.

Y tal vez, ese sea el verdadero don: amar lo que es confuso.

Y no volver a vivir en blanco.

Fin.

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