Los seres humanos cazan raposas y las raposas cazan gallinas; por lo tanto, siempre que diviso a algún humano a lo lejos, me oculto de inmediato. No me atrevo a permanecer en un lugar donde pueda ser vista, pues los humanos poseen armas y las emplean con suma facilidad.

Cuando avisté a un pequeño hombre que caminaba observándolo todo como si fuese la primera vez, corrí a refugiarme bajo un manzano, tras su tronco y entre los arbustos, desde donde permanecí vigilando. A medida que se aproximaba, reparé en que aquel pequeño hombre no parecía ser un cazador; he visto a demasiados cazadores como para no reconocer su vestimenta y comportamiento, y este parecía diferente.

Fue entonces cuando pasó junto a un rosal. Las rosas conversaron con él; desconozco el contenido de dicha charla, más percibí que aquel pequeño hombre parecía haber quedado profundamente entristecido por lo que vio y escuchó. Él parece inofensivo y su tristeza ha despertado en mí cierta curiosidad. Cuando pasaba junto al manzano, cabizbajo y sin notar siquiera mi presencia, decidí dirigirle la palabra.

-Hola, ¡buenos días! -respondió el pequeño hombre. Parecía confuso y ya no tan triste; miraba a su alrededor, con aire perdido.

-Estoy aquí -dije, mientras salía un poco de mi escondite. Aguardé un instante para observar cuál sería su reacción; él no realizó ningún movimiento brusco, simplemente me miró con curiosidad, como se estuviese presenciando algo por primera vez. Entonces, salí del escondite por completo y me aproximé un poco, manteniendo aún una distancia de seguridad.

Él me dijo que soy hermosa y me invitó a jugar, confesando que se sentía triste. Sin embargo, ¿cómo le explico a este pequeño humano que soy desconfiada por naturaleza? No juego ni entablo amistades con las personas tan fácilmente, no sin antes crear un vínculo en el cual pueda confiar verdaderamente.

-No puedo jugar contigo, aún no me has cautivado.

-Ah, lo lamento. ¿Qué significa "cautivar"? -respondió el pequeño hombre.

Decidí ignorar su pregunta; no resultaba relevante en aquel momento. Deseaba averiguar otras cosas primero.

-Parece que no eres de aquí. ¿Qué es lo que estás buscando?

Él respondió que buscaba personas; no especificó qué tipo de seres buscaba, más tengo la certeza de que no se trata de cazadores. No parece ser alguien que iría en su búsqueda; de hecho, daba la impresión de no saber siquiera a quién buscaba. Creo que se encuentra extraviado. Entonces, volvió a inquirir sobre el significado de "cautivar", recibiendo por fin una respuesta:

-Es algo que todo el mundo parece haber olvidado; significa vincularse a alguien, crear recuerdos, lazos.

- ¿Lazos? -preguntó él nuevamente.

Este pequeño parece no saber mucho; no comprende del todo lo que digo. Es como una hoja en blanco, y yo podría enseñarle todo desde el principio. Le explico con serenidad lo que significa crear vínculos con alguien.

Él parece haberlo comprendido. Me aproximo un poco más, nos situamos uno al lado del otro y comienza a relatarme su vida: que cierto día conoció a una flor, que fue cautivado por ella, pero que parece haber sido engañado, razón por la cual se siente triste e indignado. Me cuenta también que las rosas de aquel rosal por el que pasó se asemejan mucho a la suya, y eso le trajo su recuerdo. Me habló sobre su planeta; entonces comprendí por qué no me entendía con facilidad: él no pertenece a este mundo. Le pregunté sobre la existencia de cazadores y respondió que allí no los hay, más tampoco hay gallinas; comprendí de inmediato que, por ello, no existen depredadores ni tampoco cazadores. Explicó que su planeta es tan pequeño que él es su único habitante; por ese motivo, carece de amigos.

Empiezo a creer que sería provechoso ser cautivada por él; deseo que me cautive. Su soledad me ha recordado la mía, pues vivo en el aislamiento y la ocultación. Hacía mucho tiempo que no conversaba con nadie; incluso había olvidado el sonido de mi propia voz. Solo escuchaba el eco de mis pensamientos y el cacareo de las gallinas; ha sido grato dialogar con alguien más, hablar y ser escuchada, algo que yo también había echado al olvido.

Yo también anhelaba crear lazos con alguien, por lo que le pedí que me cautivara. Él no quiso aceptar en un principio; se quedó pensativo y me confesó que pronto se marcharía. Logré convencerle; reflexionó un poco más y, finalmente, accedió a cautivarme.

-Cuál es tu nombre?

-Me llaman el Principito -respondió el hombrecito.

No he visto a muchos príncipes en mi corta existencia, pero tú, de hecho, te asemejas a uno.

-Entonces, ¿cómo puedo cautivarte? -preguntó el Principito.

-Empieza por sentarte un poco alejado de mí, en silencio; las palabras pueden ser fuente de malentendidos. Así, día tras día, te acercarás un poco más, hasta que nos sintamos cómodos con la presencia del otro.

-Comprendo; mañana volveré.

Al día siguiente, él efectivamente regresó; sin embargo, llegó temprano. Yo no lo esperaba a esa hora, por lo que le expliqué que debía acudir siempre a la misma hora. De ese modo, estableceríamos un ritual, una tradición, y así yo podría preparar mi pobre corazón y aguardar su llegada con ansias. Obedientemente, él siguió mis indicaciones y llegaba siempre a la misma hora cada día.

Paulatinamente, nos fuimos acercando. Me relató sus aventuras por diversos planetas cuya existencia, hasta hace apenas unos días, yo ni siquiera imaginaba. Para mí, nunca había existido nada más allá de este océano de trigales que, dicho sea de paso, me recuerdan al color de sus cabellos bajo el sol. Tanto el cabello del Principito como este trigal son dorados; creo que he comenzado a cobrar afecto por este trigo.

Sin apenas darme cuenta, ya había memorizado el sonido de sus pasos; aun sin mirar, sabía que se trataba del Principito aproximándose. Los días y las horas que pasamos juntos han sido los mejores que he vivido; creo que existía únicamente a la espera de su encuentro. Ahora mi existencia posee una relevancia: he sido completamente cautivada por este pequeño príncipe.

Los días transcurrieron hasta convertirse en meses, y la ansiedad comenzó a invadirme. Sabía que cuanto más tiempo pasaba, más cerca estaríamos del día en que deberíamos despedirnos. No deseo decirle adiós; fue tan difícil encontrarlo y será aún más arduo verlo marchar. Soy desconfiada por naturaleza, pero cuando decido confiar, entrego toda mi fe a un solo ser para toda la vida. Es un vínculo inquebrantable, y puede resultar doloroso entregarse a un transeúnte. Desearía que su estancia fuera permanente, mas no puedo ser egoísta y atarlo a mí, que nunca he visto nada más allá de este horizonte dorado.

No obstante, pese al temor, decidí no sufrir por anticipado; si él realmente debía marcharse, aprovecharía su compañía hasta el último instante para no dar lugar a arrepentimientos. Aprendí cosas nuevas y también le enseñé otras, y fue entonces cuando él lo comprendió. Una tarde, mientras admirábamos el paisaje, él inició el tema que yo más temía.

-Mi rosa no es una rosa común, del mismo modo que tú ya no eres una raposa común entre otras cien mil; fue el tiempo que pasé con ella lo que la hizo única en el mundo, así como tú también te has vuelto única -dijo el Principito.

-Exactamente; fue el tiempo que perdiste cultivando lo que nos hizo especiales. Para algunos es una pérdida de tiempo; para otros, una ganancia.

-Ahora lo veo -comentó él, pensativo.

-Sí; solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos. Solo conocemos aquello que cautivamos; de lo contrario, es algo vano, superficial.

Deseo preguntar, más temo la respuesta; aun así, necesito saber, por lo que inquiero lo inevitable:

- ¿Debes regresar con ella?

- ¿Estarás triste si me marcho? -me respondió él con otra pregunta.

-Sí, lloraré amargamente; no podré evitarlo.

-Pero, aun así, me pediste que te cautivara, a sabiendas de que un día me partiría -respondió él.

-Pero ha valido la pena, por el color del trigo, por los recuerdos, por la tradición.

Él permaneció observándome durante un tiempo; un lapso que me pareció de siglos. Deseaba llorar en aquel mismo instante, derrumbarme ante él, más me contuve. No quería que me viera así y se sintiera culpable, por lo que me obligué a pensar en otra cosa. ¿Se habría sentido su rosa de la misma manera cuando él se marchó? ¿Aun aguardará ella su regreso? ¿Pensará todavía en él? ¿O acaso ella no lo veía del mismo modo y, tan pronto como él partió, ella también se marchó? Son preguntas para las cuales no tendré respuestas. Finalmente, él rompió el silencio.

-Desde el momento en que decidí cautivarte y ser cautivado, ya había resuelto quedarme. No haré contigo lo mismo que hice antes. ¿Me permitirías permanecer aquí? -preguntó el Principito.

No podía dar crédito a lo que mis oídos escuchaban; dijo que se quedaría, sin que yo tuviera que pedírselo; lo decidió por voluntad propia.

-Desde el momento en que te pedí que me cautivaras, ya deseaba que te quedaras. Uno se vuelve eternamente responsable de aquello que cautiva; yo quiero ser responsable de ti.

Él me dedicó una sonrisa dulce, cargada de alegría y alivio. Yo le correspondí también con una sonrisa, aunque en la mía asomaban las lágrimas. Permití, por primera vez, que alguien me viese llorar, pues ahora ya no me encuentro sola.


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