El viento golpeaba las ruinas de la mansión en Northumberland, donde una vez los seguidores de Voldemort conjuraron sus juramentos más oscuros. Ahora solo quedaban piedras húmedas y cenizas, testigos mudos de una guerra que había terminado hacía una década.

Harry Potter, auror veterano del Departamento de Seguridad Mágica, avanzaba con la varita en alto. La luz de su Lumos se reflejaba en las paredes ennegrecidas mientras una sensación familiar lo envolvía: la inquietud de quien sabe que el pasado nunca muere del todo.

Finite Incantatem. —susurró, y una runa en el suelo brilló con un resplandor plateado.

Allí, entre restos de polvo y metal, yacía un pequeño amuleto. Era de plata antigua, grabado con símbolos que parecían moverse al ritmo del corazón.

Cuando lo tocó, un dolor punzante atravesó su mente. Imágenes lo asaltaron: su madre riendo en el jardín; su padre sosteniendo su varita, desafiante; Sirius alzando la voz; y una voz quebrada, casi un lamento:

“No era así como debía terminar…”

Harry retrocedió. Aquello no era una simple reliquia. Sentía en el objeto algo más profundo, como si respondiera no a la magia, sino al remordimiento.

Aquella noche, en su apartamento, el amuleto seguía brillando débilmente sobre la mesa. Harry lo observó, atrapado entre la curiosidad y el temor. Cuando sus dedos lo rozaron una segunda vez, el mundo pareció fracturarse.

De repente, estaba en otro lugar. La casa de Godric’s Hollow, intacta. Su madre preparando té. Su padre, riendo. Y en el diario El Profeta:

“Peter Pettigrew capturado. Condenado a cadena perpetua en Azkaban.”

El corazón de Harry se detuvo. No era una ilusión. Era otra realidad.

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