Bruno abrió los ojos con dificultad. Todo a su alrededor era oscuridad, pero una oscuridad tibia, casi reconfortante. No sabía si estaba dormido o despierto, pero sentía que ya no tenía miedo. A su lado, alguien apretaba su mano con fuerza.

—Shmuel… —susurró.

—Estoy aquí —respondió el niño del pijama de rayas, con voz tranquila—. Ya no estamos en el mismo sitio.

Bruno miró a su amigo. Ambos estaban de pie en un campo verde, con el cielo azul extendiéndose sin alambrados, sin soldados. No había gritos ni humo. Solo el canto lejano de los pájaros.

—¿Dónde estamos? —preguntó Bruno.

Shmuel lo miró con una expresión que mezclaba tristeza y alivio.

—No lo sé exactamente, pero creo que es un lugar donde nadie nos separa.

Bruno recordó la última vez que se habían visto: la lluvia, el lodo, los gritos… el miedo. Habían prometido estar juntos hasta el final. Y al parecer, lo habían cumplido.

—¿Y mis padres? —preguntó Bruno, con un nudo en la garganta.

Shmuel bajó la mirada.

—No lo sé. Pero tal vez algún día, ellos también encuentren este lugar.

Bruno sintió un calor en el pecho. No era tristeza. Era algo nuevo. Una especie de esperanza. Como si al otro lado del sufrimiento, pudiera existir algo más. Algo justo.

Pasaron el día caminando entre árboles altos, contándose historias. Bruno le habló de Berlín, de su hermana Gretel, de los soldados que parecían muñecos sin alma. Shmuel le habló de su casa en Cracovia, de su abuela que hacía pan de manzana y de las canciones que su madre cantaba antes de dormir.

—¿Crees que alguien contará nuestra historia? —preguntó Bruno mientras miraban un río que corría lento, sereno.

—Tal vez. Pero lo importante es que la recordemos nosotros —dijo Shmuel.

Bruno asintió. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió en paz.

Esa noche, se acostaron bajo las estrellas. El pijama de rayas de Shmuel ya no parecía un uniforme. Era simplemente ropa. Y Bruno no sentía que estaba en un lugar equivocado. Estaba con su mejor amigo. Estaba en casa.

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